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Discurso del Sr. D. Daniel Peña

Daniel Peña pronunciando su discurso de agradecimiento tras recibir la medalla de honor en 2015

Apertura del curso 2015/2016, 11 de septiembre de 2015.

Excmo Sr. Rector Magnífico de la Universidad Carlos III de Madrid; Exmo. Sr Presidente del Consejo Social;  Sra. Secretaria General de Ciencia, Tecnología e Innovación del Ministerio de Economía y Competitividad;  Sr. Director General de Universidad e Investigación de la Comunidad de Madrid; Sra. Alcaldesa de Getafe; Srs. Alcaldes y Concejales de Leganés, Colmenarejo, Parla, Fuenlabrada y Cubas de la Sagra; Sr. Director del  Centro Universitario de la Guardia Civil; autoridades académicas; otras autoridades;  compañeros y compañeras; señoras y señores,


Ser rector de esta universidad ha sido un privilegio y una inolvidable experiencia. Recibir hoy, como colofón, la Medalla de Honor de la Universidad me llena de gratitud hacia las personas que lo han hecho posible:


En primer lugar, nuestro rector, el profesor Juan Romo, que lo ha promovido; y también su equipo de dirección y los miembros del Consejo de Gobierno. Mi agradecimiento para todos por este reconocimiento que aprecio profundamente.


Aunque la Medalla de Honor se concede a título individual, en este caso reconoce un trabajo colectivo. Coincido con Von Karajan en que: “El arte de dirigir es saber cuándo se debe abandonar la batuta para no molestar a la orquesta”. Mi gratitud se extiende por tanto a los vicerrectores que compartieron conmigo la responsabilidad de dirigir la Universidad en tiempos difíciles y con los que he adquirido una deuda impagable.


Muchas gracias, Jesús, por tus cariñosas palabras teñidas de un afecto que sabes  que es mutuo. La Universidad te debe mucho porque tu trabajo como secretario general nos ha evitado, como sabes bien, muchos entuertos y nos has sacado de grandes atolladeros. Que el destino te recompense con muchas satisfacciones y larga vida ahora que has vuelto a tu labor académica, dejando atrás, una brillante trayectoria de gestión. Muchas gracias, Jesús.


Ser elegido rector es en sus inicios una inyección de autoestima. Tu presencia deja de pasar desapercibida. Donde acudes te reciben personas que te ayudan. Y tus palabras se escuchan con una atención y respeto antes desconocidas. Se solicita tu asistencia para todo tipo de actos y los discursos protocolarios que pronuncias se analizan como si destilasen reflexión y experiencia.


En un entorno tan halagador existe el grave peligro de olvidar que estas diferencias no son el resultado de tus méritos, sino del puesto que ocupas. Después de la vanidad llega la realidad. Cada mañana, el correo electrónico te recuerda cómo te percibe la comunidad universitaria. Por ejemplo, un estudiante te escribe porque se ha levantado con fiebre y quiere que avises a su profesor, cuyo nombre no recuerda, pero que ayer llevaba una chaqueta gris.


Un docente se lamenta de la discriminación que sufre en su departamento y solicita la intervención urgente para cambiar sus clases de la tarde a la mañana. Un administrativo denuncia, que su superior le acosa laboralmente, ya que lleva 11 meses de contrato sin aumento de sueldo ni promoción. Y te recuerda que el rector no debe ser  indiferente a estas injusticias. Estos casos son literales.


Y con la realidad llega la responsabilidad. Los cambios pueden afectar la vida de muchas personas, que deben ser escuchadas para elegir después el camino que responde mejor a los intereses generales de una universidad pública y a la sociedad ante la que responde. Esto obliga a poner en segundo lugar intereses legítimos, pero particulares de personas o grupos. Y, desde luego siempre, los tuyos propios. Dirimir entre distintas aspiraciones es quizá la tarea que he encontrado más difícil como rector. Ya que es frecuente, que todo el mundo tenga algo de razón en sus demandas. Y, como dijo Descartes: “No hay nada repartido de modo más equitativo en el mundo que la razón”. Todo el mundo está convencido de tener suficiente.


En esta tarea, he tenido el decisivo apoyo de mis vicerrectores;  que siempre me han asesorado con independencia, sinceridad y objetividad. Muchas gracias a todos ellos por ayudarme a hacer mejor mi trabajo. Y a los presentes, les agradezco además su compañía en este día que siempre llevaré en mi memoria.


Los españoles tenemos una desconfianza, creo que históricamente fundada, hacia nuestros dirigentes. Ya en 1910 Ortega y Gasset, anticipando el principio de Peter, estableció que todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes. Este déficit de confianza implica que cualquier decisión de un cargo público se enfrenta a la sospecha de haber sido motivada por intereses inconfesables. Por ejemplo, si el rector promueve la creación de una nueva titulación para traer buenos estudiantes que favorezcan la proyección futura de la Universidad, los que no se vean favorecidos por esta propuesta tenderán a considerarla como una maniobra para debilitar a departamentos o grupos críticos, en beneficio de los más cercanos.


El debate se centrará en quién gana y quién pierde con la decisión en lugar de si la universidad mejora o no con ella. Comprender este rechazo inicial y explicar, una y otra vez, las razones de las decisiones, respondiendo a las críticas fundadas, es un ejercicio de humildad y de higiene mental muy beneficioso para cualquier cargo público. Por lo que agradezco, muy sinceramente, a mis críticos, sus esfuerzos por convertirme en mejor persona.


Soy un firme defensor de la limitación de mandatos. Hacer de un cargo una profesión es malo para la institución y para el que lo ocupa. Creo que tanto las instituciones como las personas necesitamos renovarnos, cambiando a nuestros dirigentes o nuestras actividades. En mi caso, inicio este curso con gran ilusión nuevos proyectos académicos. Con la esperanza de disponer también de más tiempo para mi familia, y especialmente para mi mujer, Jette Bohsen. Cuya compañía alegra mi vida.


Como he explicado, ser rector no me ha parecido un trabajo fácil. Por lo que siento un cierto alivio de que esta responsabilidad ya no está en mis manos y una gran tranquilidad al prever un futuro brillante para nuestra universidad con el nuevo Rector Romo.  Por ello, si me lo permiten, les animo a dar un apoyo leal ya que nuestra universidad avanzará más rápido si todos empujamos en la misma dirección. Y, como no me canso de repetir, la sociedad española necesita universidades como la nuestra que sirvan de estímulo y ejemplo para construir una sociedad más justa, más culta y más solidaria. Muchas gracias.