La creación de empresas de base tecnológica y el contexto social para el emprendedor
Ante la situación de crisis, son muchas las voces que apelan a la iniciativa emprendedora como motor de desarrollo económico, creador de empleo y cohesionador social. En este contexto, más que en anteriores, impulsar, estimular, favorecer y apoyar la creación y el desarrollo de nuevos proyectos y nuevas empresas se encuentra en el centro del debate de políticas públicas no solo a nivel local y regional, sino también a nivel nacional y transnacional.
De alguna manera, bien por los esfuerzos desde numerosas entidades educativas como la Universidad Carlos III de Madrid venimos realizando desde ya hace más de una década, o bien por este efecto reclamo derivado de un complicado futuro económico, empezamos a percibir una cultura más favorable al emprendimiento. Así, la enorme aportación de emprendedores y empresarios, comienza a ser comprendida y valorada, especialmente, cuando se trata de iniciativas de base tecnológica.
Las empresas de base tecnológica son empresas con un planteamiento diferencial respecto a la innovación donde la protección de los resultados y la relación con las universidades, institutos o centros de I+D se convierten en activos principales. Difieren de aquellas empresas modernizadas que hacen uso intensivo de tecnologías en su uso intensivo en el conocimiento. Desarrollan su actividad en múltiples sectores o áreas de conocimiento teniendo siempre un enfoque global desde sus inicios. Son de pequeño tamaño, aunque con personal aunque altamente cualificado y motivado y que producen bienes y servicios con alto valor agregado presentando indicadores de rápido crecimiento asociado a elevado riesgo e incertidumbre.
El papel de las universidades en la creación de esta tipología de empresas se entiende al reconocer el valor de éstas en primer lugar, como vía de transferencia tecnológica y de comercialización de los resultados de su investigación y, en segundo lugar, como mecanismo dinamizador de la innovación y el desarrollo del entorno socio-económico.
Desde el punto de vista de la propia universidad, la promoción de la iniciativa emprendedora y el soporte a la creación y consolidación de empresas de base tecnológica suponen la valorización económica de los conocimientos generados en sus grupos investigadores y ofrece una mejor combinación de transferencia tecnológica y retorno financiero. Ayuda a la sostenibilidad de la transferencia de tecnología desde la universidad a la sociedad vía convenios entre los laboratorios universitarios y los de las empresas creadas.
Este vínculo que se crea entre las empresas surgidas y los laboratorios de origen, origina un flujo entre el mundo científico y el sistema productivo local tal que estrecha la relación universidad-empresa, ayudando a la permeabilidad de la comunidad de investigadores entre la universidad y el sistema productivo local. A largo plazo, redunda para la institución en la obtención de recursos (más convenios, patentes, red permanente con el entorno, programas transversales, etc.). Incluso, ayuda a mejorar la gestión de los grupos de investigación. Desde el punto de vista de la formación de sus alumnos y su posterior salida al mercado laboral, ayuda a ampliar el ámbito de calidad de las prácticas de los alumnos en la empresa, amplía la calidad de la inserción laboral y contribuye a la creación de puestos de trabajo directos e indirectos de calidad y de mercados laborales específicos de investigadores.
En última instancia, el éxito de esta labor de promoción a la iniciativa emprendedora de base tecnológica, ayuda a trasladar a la sociedad los recursos que la universidad destina a la formación de personas para la investigación generando un alto valor añadido en la actividad económica y siendo posible germen para el desarrollo de nuevos sectores industriales. Aumenta el número de empresas constituidas en sectores emergentes presentes en el territorio. En este sentido, muchas veces la creación de empresas universitarias ha sido la clave principal del desarrollo, ya que ha fomentado la aparición de una red de empresas tecnológicas que se constituyen en auténticos polos de desarrollo renovadores del tejido empresarial existente, y que, a su vez, atraen inversiones externas.
Desde esta perspectiva de desarrollo local y regional, se reconoce el notable valor de la empresa de base tecnológica, y en definitiva de los emprendedores que la promueven, para crear innovación social, modificar conocimientos y cultura de trabajadores, clientes y suministradores y a mejorar la imagen de una ciudad o región, convirtiéndola en un territorio innovador, diversifica y moderniza la actividad económica regional.